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Suspiros acompasados.

No dejes de hablar. Cuéntame como te ha ido en el trabajo hoy, háblame del argumento de la última serie que estás viendo. Coméntame la última noticia de geopolítica que leíste en el periódico o en twitter, o el último artículo sobre la ley hipotecaria. Comparte conmigo el recuerdo de tu primer día de colegio con 7 años, o del instituto, cuéntame como eras con todo el pavo. Descríbeme ese coche que tanto te gusta y que te comprarías si te tocase la lotería o eres rico algún día. Cuéntame como sería el viaje de tus sueños, a donde irías y con quién lo compartirías. Ríñeme por mis tonterías, hazme de rabiar de vez en cuando. Dame consejos aunque sepas que a lo mejor no los sigo, pero con la buena fe de querer ayudarme. Cántame al oído mis canciones favoritas, o susúrrame lo que sabes que quiero oír.  Dime lo que quieras, pero no dejes de hablar. Y a lo mejor llega un momento en el que no te esté escuchando, que pierda el hilo o que no entienda nada de lo que me estás contando, pero me...

Hasta las manos.

  Fue cuando nuestras miradas se cruzaron por primera vez cuando lo tuve claro. Cuando atravesaste el marco de mi puerta y llegaste para iluminar mi sombrío corazón. Cuando me diste dos besos y me dijiste tu nombre.   Yo era la que se reía de los flechazos. La que pensaba que era imposible poder sentir cosas por alguien que acabas de conocer. La que mofaba y decía que no podía ser algo real, que había otros intereses detrás. Y aquí estoy, poniéndome nerviosa con cada mensaje que me mandas. Apurando lo que queda de año para acabarlo a tu lado. Buscándote en los ojos de la gente para demostrarte todo lo que haría por ti.  Porque querer a alguien es difícil. Es un proceso que requiere tiempo y va más allá de la atracción. Querer a alguien es despertarte cada mañana con la ilusión de que cada día, es un día menos para veros. Es querer conocer más y más de esa persona, disfrutar con sus virtudes y encajar sus defectos. Querer a alguien es perder el egoísmo de pensar solo en un...

Amanecer.

Abro el armario y veo el vestido dorado que me había comprado para aquel fin de año. Lo descuelgo y me lo pongo por encima frente al espejo. ‹‹Me veo un poco más gorda. ›› Pienso. Pero decido deshacerme del pijama y ponérmelo. Soy una persona con una memoria especial para recordar qué llevaba puesto en días especiales. Como si ese outfit fuera algo imprescindible para entender el suceso. Y no sé si realmente es imprescindible, pero sí me hace recordar una y otra vez las veces anteriores que me he puesto esa prenda cada vez que la vuelvo a poner. Y mientras me subo la cremallera en el lateral izquierdo, me viene a la mente las risas y las prisas de otras manos al bajármela… Me siento en el tocador. Algún día de estos debería de ordenar un poco y retirar todo el maquillaje que ya no uso o que directamente ya no tiene más vida útil más allá de que me pueda salir un sarpullido por tanto tiempo desde que lo compré. Pero ese día no iba a ser hoy. Cojo el neceser y rebusco esa barra. La roj...